Mi abogado me engaña ¿qué puedo hacer?

Cómo comportarme si mi abogado me engaña

¿Qué pasos he de dar si mi abogado me engaña, si me quiere cobrar de más en la minuta, si no cumple con lo pactado, si no atiende mis llamadas, etc?

Mi abogado me engaña ¿qué puedo hacer?

“Mi abogado me engaña” es el primer resultado que arroja Google cuando introducimos en el campo de búsqueda la palabra abogado, lo cual no es que necesariamente quiera decir que nuestro colectivo deba equipararse al de los trileros o que nuestros estándares de moralidad anden por los suelos, pero desde luego habla bien a las claras de que la opinión que el ciudadano de a pie tiene de nosotros no es especialmente halagüeña.

Particularmente no creo que nuestra profesión está conformada por peores (ni por supuesto por mejores) personas que -por ejemplo- el ramo de los kioskeros. Lo que sí es cierto es que lo peor que puede pasar si mi kioskero me engaña es que me haga el lío con el cambio o no me incluya el suplemento con del diario del domingo, mientras que si mi abogado me engaña me puede organizar un estropicio de incalculables consecuencias.

Mi abogado me engaña con la minuta

Éste es un clásico de entre las quejas de los clientes: el letrado que ha pactado una determinada minuta de honorarios con el cliente y que a la hora de la verdad le pasa al cobro una factura que nada tiene que ver con la pactada, alegando complicaciones imprevistas o conceptos que -se dice- se explicaron en la primera visita y que el cliente no entendió.

Sin entrar en cada caso en concreto, estos problemas se evitarían si en la primera cita o en el momento en que el cliente contrata los servicios del abogado, éste redactara una hoja de encargo que se suscribiera por ambas partes y en la cual se detallara el precio final del servicio o cuanto menos los parámetros que permitan calcular éste. Los usuarios de los bufetes deben empezar a exigir a los abogados lo mismo que les exigirían a cualquier otro autónomo: un presupuesto cerrado del trabajo a efectuar.

Eso está muy bien – me dirán, – pero ¿qué he de hacer si mi abogado me engaña con la minuta de honorarios?.

Lo primero que deben saber es que si el letrado no les ha entregado una hoja de encargo donde conste lo que les ha de cobrar, esto no implica que les pueda reclamar lo que les dé la gana. Antes al contrario: en este caso el abogado deberá minutarles en base al libro de honorarios mínimos del colegio de abogados del lugar donde el letrado ejerza.

Cada colegio de abogados tiene un libro de honorarios mínimos, la obligatoriedad de los cuales si bien fue vaciada por la conocida como ley Omnibus, todavía persiste para el caso de que las partes no hayan alcanzado un acuerdo sobre el precio final del servicio jurídico (la hoja de encargo a la que me refería). Por lo tanto, si no hay hoja de encargo, la minuta deberá regirse por las reglas del libro de honorarios. Este libro pueden conseguirlo en el propio colegio, y de hecho en muchos lo pueden obtener de manera gratuita en formato pdf en la web del colegio de su municipio o provincia.

Así las cosas, para saber si mi abogado me engaña con la minuta lo que deberé hacer es en primer lugar pedirle que me remita sus honorarios desglosados, y acto seguido ver si los conceptos que nos quiere cobrar se corresponden o no con los que dicta el colegio profesional. Si el letrado se niega a enviarnos su minuta, lo que procede es remitirle un burofax exigiéndosela. Conseguimos con eso que si luego nos demanda podamos acreditar que ha incumplido el requisito previo de poner en nuestro conocimiento los conceptos que componen la cantidad que nos reclama.

Si pese a todo el abogado nos demanda, bien a través de un juicio monitorio, bien a través de una jura de cuentas, podemos contestar a la demanda impugnando los honorarios por excesivos (para hacer este escrito no necesitamos abogado ni procurador). Con esto conseguimos que la minuta sea remitida al colegio de abogados a fin de que la comisión de honorarios dictamine sobre si la misma es o no correcta.

Mi abogado me engaña: batiburrillo

Pero la percepción de que mi abogado me engaña puede exceder a las cuestiones crematísticas. Otras quejas englobables dentro de este titular serían del tipo mi abogado se ha vendido, mi abogado me miente, mi abogado no se mueve, etc.

En este punto sí que quisiera romper una lanza a favor de mi colectivo profesional: en más de veinticinco años de profesión no he tenido constancia ni sospechas medio fundadas de que ningún compañero se haya vendido, en el sentido de que acepte perder un pleito a cambio de una compensación económica de la contraparte. No digo que no se haya dado el caso, pero desde luego me resulta inverosímil que -por ejemplo- un letrado sabotee un juicio de divorcio a fin de conseguir que su cliente pague una pensión de alimentos de 250 euros, en lugar de los 200 que había propuesto en su argumentario inicial. Y es que en los casos del “día a día” venderse al enemigo no sólo es inmoral, sino poco rentable.

Cosa distinta es cuando los intereses o visiones sobre el devenir de un asunto son diferentes respecto del letrado y su cliente. Pasa con relativa frecuencia que una determinada transacción amistosa -sobre todo si la suma es golosa y los riesgos de acudir a juicio elevados- pueda estar bien vista por el abogado pero en cambio resultar insuficiente para el particular. En estos casos la confianza y la comunicación han de ser máximos, de tal manera que el cliente entienda los pros y los contras de rechazar la oferta y no albergue duda alguna sobre la convergencia de los intereses de su letrado y los suyos. Por su parte los abogados hemos de limitar en ocasiones nuestra función a asesorar y explicar los riesgos, pero respetando en última instancia la voluntad de cliente de acudir o no a juicio.

Otro factor que puede contribuir a que tengamos la percepción de que nuestro abogado nos engaña es la falta de comunicación. La labor de los juristas en buena parte del expediente es invisible a ojos del cliente. La interposición de la demanda, el estudio del procedimiento, las comunicaciones con letrados y procuradores, la audiencia previa, la preparación de la vista, etc, transcurren sin que nuestros clientes tengan conocimiento de las mismas. Esto puede llevar a que la visión de nuestros defendidos sea que no estamos haciendo nada, y que si el procedimiento no avanza a una velocidad razonable sea en parte por nuestra culpa. Nuestro colectivo, reconozcámoslo, no es especialmente hábil en vender nuestros servicios al cliente, y si hemos de elegir entre evacuar un requerimiento con plazo o explicar a la señora Enriqueta el estado de su expediente muy probablemente optemos por la primera posibilidad. Hemos de entender -y aquí también vamos a remolque del resto de profesionales- que no basta con ser un buen abogado, sino que también debemos parecerlo.

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